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Una vida entre papas, zanahorias, sueños…

Tres dólares son extraídos, a la fuerza, del bolsillo de María Eulalia Zhinín, mientras camina de regreso al Mercado Gran Colombia, donde tiene tres sacos de papa pendientes de lavar. La persona que le quitó el dinero, escondido en su fajín, es su propio esposo, quien con varios grados de alcohol encima, le exige dinero para seguir consumiendo su tiempo en este vicio.

María es del barrio Zalapa, pero desde que se casó vive donde pueda o, como ella misma dice, donde sea más barato de pagar el arriendo. Con apenas 28 años, es madre de cinco niños. Ellos juegan en el mercado mientras su madre lava las papas o verduras que le encarguen las vivanderas.

Sus hijos nunca han ido a la escuela, porque no tiene dinero y su esposo les ha dicho que la vida les enseñará lo que deben aprender, mientras eso suceda, juegan con otros niños y vuelven al lavadero cuando ya tienen hambre, aunque a veces deben solucionar por si solos esta necesidad, ya sea cargando sacos por 10 o 25 centavos, o pidiendo caridad.

La jornada diaria de María empieza a las cinco de la mañana; hace un mes arrienda un cuarto en el sector de Manzano, desde ahí camina para ahorrar el dinero del bus, a veces algunos vecinos la traen en camionetas de forma gratuita.

Llega al Gran Colombia con su marido e hijos a las seis de la mañana, porque es la hora en que arriban camiones con los productos de consumo diario, María espera que alguien requiera su servicio para ponerse su funda plástica como delantal.

Su trabajo, aunque parezca sencillo, demanda mucho esfuerzo. Permanece en contacto con el agua fría, de pie y agachándose para poder recoger los productos, todo esto le ha causado dolores en sus articulaciones y por no tener dinero nunca se ha hecho ver con un médico.

Por lo general le mandan a lavar papas, en otra ocasiones son zanahorias, coles o remolachas, pero el costo es el mismo; por cada saco cobra un dólar. En ocasiones los vendedores le pagan con frutas o verduras, sin embargo, no se queja, por lo menos tiene garantizado una comida para su familia.

Como el negocio en el mercado es variado, de lunes a viernes pasa tres horas lavando, los fines de semana pasa hasta seis horas, porque siempre llegan más productos y por tanto tiene más trabajo.

Cuando el día está bueno puede ganar quince dólares, de los cuales más de la mitad le quita el esposo para gastarlo en sus cosas, el resto sirve para alimentar a sus hijos.

María Eulalia comparte el lavadero del mercado Gran Colombia con una señora conocida, entre las dos se ayudan a no dejarse robar los productos mientras lavan lo que les falta, también les toca protegerse de personas abusivas que quieren cobrarles el derecho a usar el lavadero o el agua que utilizan para su trabajo.

Quizá el único sueño que tenga hasta el momento sea el porvenir de sus hijos, su marido muchas veces es como si no existiera.

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