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Con manos sucias y esperanzas

“Jefe le lustro”, esa es la frase que los identifica, desde niños hasta adultos, cada uno de ellos guarda una historia en su cajón de lustrar, algunos recién inician en la actividad y otros llevan ya media vida en la labor.

La vestimenta estándar la compone un par de zapatos deportivos, un jean y cualquier camiseta que ya tenga sus años. Los betuneros salen, día tras día, en busca de clientes. Cuando no están laborando conversan con sus colegas y comparten sus experiencias.

Especialmente los más chicos buscan un momento libre para entretenerse con cualquier tipo de juego.

Al intentar averiguar sus historias encuentro a Víctor Guamán, sentado en una esquina del Parque Central. Casi nadie quiere darnos la entrevista, pero él se decidió, lleva 8 años buscando zapatos sucios en las calles para limpiarlos.

Recuerda que empezó a trabajar porque un amigo le dijo que se ganaba bien, estuvo en la escuela entonces. “Me incliné por el trabajo porque era fácil y podía tener dinero para conseguir mis vanidades”.

Por dedicarse a esta labor muchas veces sus compañeros lo molestaban, en algunas ocasiones tuvo que defenderse de los insultos a golpes.

Es el mayor de cuatro hermanos y el único que trabaja. Su padre es chofer de un taxi y de su madre no sabe mucho, se fue a España hace algunos años y ha perdido la comunicación. Labora las tardes de lunes a viernes, de 14:00 a 18:00, los sábados y domingos de 06:00 a 14:00.

Hay ocasiones en las que se reúne con sus compañeros para jugar fútbol en alguna cancha de la ciudad. Menciona que 38 colegas laboran en el Parque Central. No le va mal, cada día consigue por lo menos cinco dólares y, en las mejores jornadas, hasta 15 dólares.

Uno de los gratos recuerdos que tiene fue cuando conoció a dos extranjeras que eran parte de la Fundación CISOL, y acudían a darles clases y a conversar con ellos en el parque.

Luego de algún tiempo le ofrecieron una beca de estudios, con la que actualmente se instruye en el Colegio Manuel Cabrera Lozano. La condición para ayudarle es que tenga buenas calificaciones, hasta el momento no le ha ido mal en lo académico.

A sus 17 años, cursa el primer año de bachillerato, espera seguir estudiando para llegar a ser profesional, su sueño es ser arquitecto y poder seguir adelante.

Segundo

Cruzando el parque Santo Domingo puedo observar a Segundo Loaiza, en primer momento, me dijo que él no se dedica mucho a esto, que apenas lleva tres años trabajando.

Por esta razón sugirió mejor que busquemos a otra persona que conozca más sobre el tema, sin embargo, luego de una breve explicación decidió sentarse en el piso, cerca de un kiosco, para relatarnos su historia.

Con unas barbas ya canosas, una gorra, pantalón y camiseta deteriorada por el tiempo, empezó por decir que no es de la ciudad, vive en el cantón Gonzanamá y su principal oficio es la agricultura. Viene cada 15 días a Loja para visitar a su familia y aprovecha para ganar un dinerito extra.

Tiene 52 años de edad y 22 de casado. Sus tres hijos sufren de retraso mental, arrienda un cuarto que queda más o menos por el control vía a Zamora. Su mujer pasa en la ciudad y se dedica a cuidar a sus hijos. Día tras día los lleva a las escuelas especiales. Ella trabaja algunas veces lavando ropa, pero la mayor parte del tiempo lo comparte con los chicos y les ayuda en las terapias.

Cuando él está en Loja le ayuda a su cónyuge en las labores del hogar y traslada a sus hijos todos los días a las escuelas. Entonces, cuando le queda un tiempo libre, agarra su cajón de tintas, polvos y bacerola para salir a recorrer los parques céntricos de la ciudad.

No le va muy bien en este oficio, gana tan solo tres dólares diarios y cuenta que no le ayudan en mucho. La agricultura tampoco le deja buenos réditos. El año anterior tan solo cosechó semilla para poder sembrar otra vez, el clima afecta mucho sus labores agrícolas.

Relata que no tiene más que un terreno donde siembra maíz y poroto junto a su hermano, quien también sufre de retraso mental. Tiene más hermanos, pero igual no lo han ayudado en nada, “como me van a ayudar si a veces están peor que yo, y no tienen ni para ellos”.

Este día ha trabajado desde las 7:00. Ya son casi las 12:00 y tan solo ha conseguido dos dólares, espera quedarse hasta la tarde, piensa luego ir a despedirse de su familia para retornar a Gonzanamá y seguir cultivando la tierra.

Con el tiempo espera que sus hijos se recuperen de alguna forma con las terapias. Se despidió con su mano entre negra y café por tantas tintas y se sentó en el pasto a dialogar con otro compañero que se encontraba laborando.

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